
– Se lo agradezco, pero no lo haré -aseguró secamente-. Si decido enviar a alguien a los tejados no será a usted. Tropezaría con los faldones. Antes de que me lo pregunte, le diré que sí, que he enviado efectivos a la parte de atrás y a ambos extremos. -Con gran cuidado se situó entre Pitt y la pared. Pitt sonrió. Narraway dejó escapar una especie de gruñido y acotó con acritud-: No pienso esperar todo el día. He pedido a Stamper que vaya a buscar unos carros viejos, algo lo bastante sólido como para absorber un puñado de balas. Los volcaremos para refugiarnos detrás y luego entraremos.
Pitt asintió y lamentó no conocer mejor a Narraway. Todavía no confiaba en él tanto como en Micah Drummond o en John Cornwallis, sus compañeros cuando él solo era un simple policía de Bow Street. Los respetaba y comprendía sus obligaciones. También había sido profundamente consciente de su humanidad y de sus debilidades, así como de sus aptitudes.
Pitt jamás se había propuesto formar parte de la BrigadaEspecial. El éxito que había tenido contrala poderosa sociedad secreta conocida como Círculo Interior habíaoriginado su aparente desgracia, ya que le había costado el cargoen la Metropolitana. Porsu propia seguridad y para darle algún tipo detrabajo, le habían asignado un puesto en la Brigada Especial y trabajaba paraVictor Narraway. En Bow Street, Harold Wetron, miembro del CírculoInterior y por entonces jefe de la sociedad secreta, habíadesbancado a Pitt.
Este se sentía inseguro y con demasiada frecuencia metía la pata. Con sus secretos, su tortuosidad y sus motivaciones medio políticas, la Brigada Especial exigía ciertashabilidades que apenas había empezado a asimilar; además todavíacarecía de parámetros para evaluar a Narraway.
También era consciente de que, de haber seguido ascendiendo en Bow Street, no habría tardado en perder su conexión con la realidad del crimen. Su compasión por el dolor que causaba habría disminuido. Todo se habría vuelto de segunda mano, particularmente su capacidad de influir en las decisiones.
