O contra otros hombres. La guerra podía ser un signo esperanzador…

¡Si pudiera saber qué era lo que habían hecho! Kendy podría perturbar el entorno de doce modos diferentes. Podía arrojarlos de su Edén y ver qué pasaba. Pero no se arriesgaría. No sabía lo suficiente.

Kendy esperó.

Uno — La Mata de Quinn

Gavving podía escuchar los crujidos de sus compañeros mientras perforaban hacia arriba. Se mantenían a lo largo de la gran pared plana del tronco. Ramas espinosas gruesas como dedos brotaban del tronco, dividiéndose interminablemente en finas hebras de arbusto, floreciendo por fin entre un follaje como de algodón verde, girando libremente para conseguir capturar cada desperdigado destello de luz solar. Algo de luz se filtraba a través suyo como un crepúsculo verde.

Gavving perforaba a través de un universo de verde algodón hilado.

Hambriento, metió la mano profundamente en la red de arbustos y arrancó un puñado de hojas. Tenían un sabor como de fibroso algodón hilado. Saciaban el hambre, pero lo que el estómago de Gavving le estaba reclamando era carne. Pese a todo, el gusto era demasiado fibroso… y el verde demasiado oscuro, incluso para ser de los bordes de la mata donde daba la luz del sol.

De cualquier modo, se lo comió y siguió avanzando.

El creciente aullido del viento le advirtió que ya estaba cerca. Un minuto después, su cabeza se abrió paso hasta el viento y la luz del sol.

La luz del sol apuñaló sus ojos, todavía enrojecidos y con dolor después del ataque de alergia que había tenido por la mañana. Siempre le atacaba los ojos y los senos nasales. Bizqueó y giró la cabeza y sorbió y esperó a poder enfocar la visión. Luego, crispándose anticipadamente, miró hacia arriba.



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