
Gavving tenía catorce años, medidos por las pasadas del sol detrás de Voy. Hasta aquel momento, nunca antes había estado por encima de la Mata de Quinn.
El tronco iba hacia arriba y hacia abajo a partir de Voy. Parecía alejarse eternamente, un inmenso muro marrón que se estrechaba cilíndricamente hasta no ser más que una oscura línea con una suave curvatura inclinada hacia el oeste, perdiéndose en el infinito… y la punta estaba tachonada de verde. La mata lejana.
Una nube verde teñida de ocre se deslizó bajo él, esparciéndose por el cuerpo principal de la mata. Mirando hacia el este, con el viento azotando hacia adelante su largo cabello, Gavving pudo ver la rama que emergía medio klomter de desnuda madera de su vaina verde: una delgada aleta.
La cabeza de Harp apareció, y su cara volvió a sumergirse, huyendo del viento. Laython fue el siguiente, e hizo lo mismo. Gavving esperó. Sus caras volvieron a aparecer. El rostro de Harp era ancho, de recia osamenta, su fuerza brutal medio oculta por una barba dorada. La larga y oscura faz de Laython empezaba a retoñar con los primeros pelos de una barba negra. Harp le llamó:
—Podemos andar a cuatro patas rodeando el tronco a sotavento. Al este. Escaparnos del viento.
El viento soplaba siempre desde el oeste, siempre con la velocidad de un vendaval. Laython comprobó cuidadosamente con los dedos la dirección del viento.
—¡Negativo! —vociferó—. ¿Cómo vamos a cazar algo? ¡Cualquier presa vendría a favor del viento!
Harp se retorció a través del follaje para reunirse con Laython. Gavving se encogió de hombros e hizo lo mismo. Le hubiera gustado que hubiese un cortavientos… y Harp, diez años mayor que Gavving y Laython, estaba nominalmente al mando. Lo que raramente solucionaba aquellos problemas.
