
—No podemos atrapar nada —les dijo Harp—. Estamos aquí para proteger el tronco. Que hay sequía no significa que no pueda producirse una inundación. ¿Podría rozar el árbol un estanque?
—¿Qué estanque? ¡Mira a tu alrededor! ¡No hay ninguno cerca de nosotros! ¡Harp, deberías verlo por ti mismo!
—El tronco nos impide ver lo que hay al otro lado —dijo Harp pacientemente.
El punto brillante en el cielo, el sol, vagaba a la deriva bajo el borde occidental de la mata. Y en aquella dirección no había estanques, ni nubes, ni bosques a la deriva… nada, sólo el cielo blanco teñido de azul, hendido por la blanca línea del Anillo de Humo, y en aquella línea, un desquiciante grumo que debía ser Gold.
Mirando hacia arriba, hacia afuera, no vio nada más… lejanos gallardetes de nubes con forma de remolinos tormentosos… una centelleante mancha que posiblemente era un estanque, pero que parecía incluso más lejana que la verde extremidad del árbol integral. Allí no habría inundaciones.
Gavving tenía seis años cuando llegó la última inundación. Recordaba el terror, el pánico, la frenética precipitación. La tribu se había abierto camino cavando, a lo largo de la rama, hacia el este, amontonándose en el ligero follaje, allí donde la mata terminaba en una punta de madera desnuda. Recordaba un rugido que ahogó el del viento, y cómo la masa de la rama se estremecía interminablemente. El padre de Gavving y dos aprendices de cazadores no fueron avisados a tiempo. El cielo se los llevó.
Laython empezó a rodear el tronco, en la misma dirección que el viento. Había medio emergido de entre el follaje, empujándose contra el viento con sus largos brazos. Harp le siguió. Como era costumbre, Harp había cedido. Gavving refunfuñó, pero se movió para reunirse con ellos.
Era cansado. Harp debía aborrecerlo. Usaba sandalias claveteadas, pero incluso con ellas, debía estar padeciendo. Warp tenía un buen cerebro y la lengua fácil, pero era un enano. Su torso era corto y ancho; pero la musculatura de sus brazos y piernas no tenía aguante, y los dedos de sus pies eran mera decoración. Medía menos de dos metros de alto. El Grad, en cierta ocasión, le había dicho a Gavving:
