Incluso para un cadáver que no sentía nada, era triste acabar en un lugar como ese. El subinspector Emilio Pérez estaba sentado en la parte de atrás de un coche patrulla charlando con otro miembro de la brigada de homicidios, la ex monja Cristina Ferrera. Pérez, que era un hombre fornido con ese atractivo moreno de un ídolo de matinales de los años treinta, parecía ser de una especie distinta de la joven menuda, rubia y bastante poco agraciada que se había unido a la brigada de homicidios cuatro años atrás, procedente de Cádiz. Pero así como Pérez tenía tendencia a ser torpe de pensamiento y de obra, Ferrera era rápida, intuitiva e implacable. Falcón les dio las direcciones de los «obres, les hizo una lista de lo que quería que preguntaran, y Ferrera se la repitió antes de que pudiera acabar.

– Lo metieron en un sudario y lo cosieron -le dijo Falcón mientras ella iba a buscar el coche-. Le cortaron las manos con meticulosidad, le quemaron la cara y le arrancaron el pelo, pero lo metieron dentro de un sudario y lo cosieron.

– Supongo que creen que le han mostrado cierto respeto -dijo Ferrera-. Como hacen en el mar, o en los entierros en fosas comunes después de un desastre.

– Respeto -dijo Falcón-. Justo después de haber cometido con él la máxima falta de respeto, que es quitarle la vida y la identidad. Hay algo ritualista y despiadado en todo esto, ¿no os parece?

– A lo mejor eran religiosos -dijo Ferrera, levantando irónicamente una ceja-. Ya sabe que en nombre de Dios se han hecho muchas tosas terribles, inspector jefe.

Falcón regresó al centro de Sevilla envuelto por una extraña luz amarillenta, pues una enorme nube de tormenta, que se había formado sobre la Sierra de Aracena, comenzaba a invadir la ciudad desde el noroeste. La radio dijo que sería una tarde de fuertes lluvias. Probablemente serían las últimas lluvias antes del largo y cálido verano.

Se sentía inquieto, y al principio pensó que podía deberse al sobresalto físico y mental de haberse topado con Consuelo aquella mañana.



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