
– Lo metieron en un sudario y lo cosieron -le dijo Falcón mientras ella iba a buscar el coche-. Le cortaron las manos con meticulosidad, le quemaron la cara y le arrancaron el pelo, pero lo metieron dentro de un sudario y lo cosieron.
– Supongo que creen que le han mostrado cierto respeto -dijo Ferrera-. Como hacen en el mar, o en los entierros en fosas comunes después de un desastre.
– Respeto -dijo Falcón-. Justo después de haber cometido con él la máxima falta de respeto, que es quitarle la vida y la identidad. Hay algo ritualista y despiadado en todo esto, ¿no os parece?
– A lo mejor eran religiosos -dijo Ferrera, levantando irónicamente una ceja-. Ya sabe que en nombre de Dios se han hecho muchas tosas terribles, inspector jefe.
Falcón regresó al centro de Sevilla envuelto por una extraña luz amarillenta, pues una enorme nube de tormenta, que se había formado sobre la Sierra de Aracena, comenzaba a invadir la ciudad desde el noroeste. La radio dijo que sería una tarde de fuertes lluvias. Probablemente serían las últimas lluvias antes del largo y cálido verano.
Se sentía inquieto, y al principio pensó que podía deberse al sobresalto físico y mental de haberse topado con Consuelo aquella mañana.
