
Cuando llegó a Jefatura, tras una serie de reuniones con algunos jueces en el Edificio de los Juzgados, eran las siete, y la tarde parecía haber llegado pronto. El olor a lluvia era pesado como metal en el aire ionizado. Los truenos parecían estar aún lejos, pero el cielo se oscurecía dando lugar a una noche prematura y los destellos de los relámpagos le sobresaltaban, como una muerte evitada por poco.
Pérez y Ferrera lo esperaban en su oficina. Los dos lo siguieron con la mirada cuando se acercó a la ventana y las primeras gotas de lluvia tabletearon contra el cristal. La satisfacción es un estado humano muy raro, se dijo, al tiempo que un ligero vapor se alzaba desde el aparcamiento. Justo en el momento en que la vida parecía aburrida y el deseo de un cambio emergía como una brillante idea, aparecía una nueva y siniestra vitalidad, y la mente de repente parecía regresar a lo que parecía ser una dicha plena de inocencia.
– ¿Qué tenéis? -les preguntó, acercándose a su escritorio y desplomándose en la silla.
– No nos dijo la hora de la muerte -dijo Ferrera.
– Lo siento. Se estima que murió hace cuarenta y ocho horas.
– Encontramos los contenedores donde arrojaron las cartas. Están en el centro del casco antiguo, en la esquina de un callejón sin salida y la calle Boteros, entre la plaza de la Alfalfa y la plaza Cristo de Burgos.
