– ¿A qué hora los vacían?

– Entre las once y la medianoche -dijo Pérez.

– O sea que, si como dice el forense, murió durante la noche del sábado 3 de junio -dijo Ferrera-, probablemente no pudieron echar el cadáver al contenedor hasta las tres de la mañana del domingo.

– ¿Dónde están ahora los contenedores?

– Los hemos enviado a la policía científica para que busque restos de sangre.

– Pero puede que no tengamos suerte -dijo Pérez-. Felipe y Jorge han encontrado un plástico negro con el que creen que envolvieron el cadáver.

– ¿Alguna de las personas con las que habéis hablado en las direcciones de los sobres recuerda haber visto un plástico negro en el fondo de alguno de los contenedores?

– Cuando los interrogamos no sabíamos lo del envoltorio.

– Claro que no -dijo Falcón, sin concentrarse en los detalles, aún extraviado en su desazón de antes-. ¿Por qué creéis que arrojaron el cuerpo a las tres de la mañana?

– Sábado por la noche cerca de la calle Alfalfa… ya sabe cómo se pone aquello… lleno de chavales en los bares y por la calle.

– ¿Por qué eligieron esos contenedores, si es un sitio tan concurrido?

– A lo mejor los conocen -dijo Pérez-. Sabían que podían aparcar en un oscuro callejón sin salida y a qué hora era la recogida. Podían planearlo. Echar el cadáver sería sólo cuestión de segundos.

– ¿Hay algún piso que dé a los contenedores?

– Mañana iremos a ver los pisos que dan al callejón -dijo Pérez-. El piso que tiene mejor vista está al fondo, pero no había nadie en casa.

Un rayo largo y vibrante llegó acompañado de un trueno tan sonoro que pareció rajar el cielo. Todos se encogieron de manera instintiva y la Jefatura quedó sumida en la oscuridad. Buscaron una linterna mientras la lluvia se abalanzaba contra el edificio y barría en oleadas el aparcamiento. Ferrera apuntaló una linterna entre unos expedientes y volvieron a sentarse.



12 из 509