
– Parece un poco inquieto, inspector -dijo Pérez, que tenía la costumbre de manifestar lo evidente, mientras que Falcón tenía la costumbre de no hacerle caso.
– Tenemos un cadáver, que podría resultar imposible de identificar -dijo Falcón, poniendo en orden sus pensamientos, y procurando darles a Pérez y Ferrera un punto de partida para su investigación-. ¿Cuánta gente creen que está implicada en este asesinato?
– Un mínimo de dos -dijo Ferrera.
– Matar, arrancar la cabellera, cercenar las manos, quemar la cara con ácido… sí, ¿por qué le cortaron las manos, cuando hubiera sido más fácil quemarle las yemas de los dedos con ácido?
– Las manos podían delatar algo importante -dijo Pérez.
Falcón y Ferrera intercambiaron una mirada.
– Sigue pensando, Emilio -dijo Falcón-. De todos modos, fue algo planeado y premeditado, y era importante que no se conociera su identidad. ¿Por qué?
– Porque la identidad del cadáver señalaría a los asesinos -dijo Pérez-. Casi todas las víctimas son asesinadas por gente que…
– ¿Y si no hubiera un vínculo evidente? -dijo Falcón.
– La identidad de la víctima, o conocer sus habilidades, podría poner en peligro una futura operación -dijo Ferrera.
– Bien. Ahora decidme cuánta gente creéis que hace falta para meter el cadáver en uno de esos contenedores -dijo Falcón-. A una persona normal le llegan a la altura del pecho, y toda la operación hay que hacerla en cuestión de segundos.
