
– Tres para manipular el cadáver y dos para vigilar -dijo Pérez.
– Si se volcara el contenedor hasta el borde del maletero de un coche lo podrían hacer dos hombres -dijo Ferrera-. Cualquier que a esa hora bajara por la calle Boteros estaría borracho y hablando a grito pelado. Haría falta un conductor. Tres como máximo.
– Tres o cinco, ¿qué os dice eso?
– Es una banda -dijo Pérez.
– ¿Y a qué se dedica?
– ¿Drogas? -comentó Pérez-. Cortarle las manos, quemarle la cara…
– Los traficantes de drogas no suelen meter a la gente dentro de un sudario y atarlos -dijo Falcón-. Más bien te pegan un tiro, y el cadáver no tenía ningún agujero de bala… ni siquiera herida de arma blanca.
– No parecía una ejecución -dijo Ferrera-, sino más bien una lamentable necesidad.
Falcón les dijo que volvieran a visitar los apartamentos que daban a los contenedores a primera hora de la mañana, antes de que la gente se fuera a trabajar. Debían aclarar si había algún plástico negro en alguno de ellos y si alguien había visto u oído el coche a eso de las tres de la mañana del domingo.
En el laboratorio, Felipe y Jorge habían apartado las mesas y extendido el plástico negro en el suelo. Los dos grandes contenedores de la calle Botero ya estaban en un rincón, precintados. Jorge miraba al microscopio mientras Felipe, con sus gafas de aumento hechas a medida, estaba a cuatro patas, encima del plástico.
– Hemos encontrado sangre que coincide con la de la víctima en el sudario y en el plástico negro. Mañana por la mañana veremos si el ADN también coincide -dijo Jorge-. Mi impresión es que lo colocaron boca abajo en el plástico para operarlo. -Le dio a Falcón las medidas entre un depósito de saliva y algunos depósitos de sangre y dos pelos púbicos, lo que determinaba aproximadamente la estatura de la víctima.
– También estamos analizando el ADN de todo esto -dijo.
