
– ¿Qué me dices del ácido de la cara?
– Se lo debieron echar en otra parte y lo aclararon. No hay ni rastro.
– ¿Alguna huella?
– No hay huellas digitales, sólo la huella de un pie en el cuadrante superior izquierdo -dijo Felipe-. Jorge ha comprobado que coincide con una zapatilla deportiva Nike, como las que llevan miles de personas.
– ¿Os dará tiempo a echar un vistazo a los contenedores esta noche?
– Les echaremos un vistazo, pero si estaba tan bien envuelto no hay muchas esperanzas de que encontremos sangre o saliva -dijo Felipe.
– ¿Habéis comprobado la lista de personas desaparecidas? -precintó Jorge.
– Ni siquiera sabemos aún si era español -dijo Falcón-. Mañana por la mañana me reuniré con el forense. Esperemos que tenga alguna señal característica.
– El vello púbico era negro -dijo Jorge, sonriendo-. Y el grupo sanguíneo era O positivo… ¿le sirve de ayuda?
– Seguid con vuestro brillante trabajo -dijo Falcón.
Seguía lloviendo, pero de una manera descorazonadoramente razonable después de desatada la locura del chaparrón inicial. Falcón se dedicó al papeleo con la mente en otra parte. Apartó la vista del ordenador y se quedó mirando el reflejo de su oficina en la ventana oscura. La luz fluorescente parpadeó. La lluvia tamborileaba contra el cristal como si un lunático deseara llamar su atención. Falcón se sorprendió de sí mismo. En el pasado había sido un investigador muy científico, siempre dispuesto a estudiar informes de autopsias y pruebas de la policía científica. Ahora sintonizaba con su intuición con más frecuencia. Intentó convencerse de que era una cuestión de experiencia, aunque a veces le pareciera más bien pereza. Le sobresaltó el zumbido del móvil: era un mensaje de su novia, Laura, invitándole a cenar. Miró la pantalla, y de manera inconsciente se encontró acariciándose el brazo que había rozado el cuerpo de Consuelo Jiménez a la entrada del café. Vaciló a la hora de coger el móvil para contestar. ¿Por qué, de repente, era todo mucho más complicado? No contestaría hasta llegar a casa.
