
El tráfico era lento por la lluvia. Por la radio las noticias comentaban el éxito de la Romería de la Virgen del Rocío, que se había celebrado ese día. Falcón cruzó el río y siguió a la serpiente metálica que se dirigía al norte. Mientras esperaba en los semáforos garabateó una nota sin pensar antes de coger la calle Reyes Católicos. Luego se metió en el laberinto de callejas hasta llegar a la enorme y laberíntica casa en la que vivía, y que había heredado seis años antes. Aparcó entre los naranjos que conducían a la entrada de la casa, en la calle Bailen, pero no salió. Volvía a luchar contra su desazón, y esta vez tenía que ver con Consuelo… con lo que había visto en su cara esa mañana. Los dos se habían sobresaltado, pero en los ojos de ella no sólo había visto sorpresa. También angustia.
Salió del coche, abrió la puerta más pequeña, incrustada en el portal de roble tachonado de latón, y cruzó hasta el patio, donde las losas de mármol aun relucían por la lluvia. Una luz parpadeante que le llegaba desde el otro lado de la puerta de cristal que conducía a su estudio le indicaba que tenía dos mensajes telefónicos. Una vez dentro apretó el botón y se quedó contemplando en la oscuridad, a través del claustro, el joven corredor de bronce de la fuente. La voz de su amigo marroquí, Yacoub Diouri, llenó la habitación. Saludaba a Javier en árabe y a continuación comenzaba a hablar en perfecto español. El próximo fin de semana su vuelo a París haría escala en Madrid, y se preguntaba si podrían verse. ¿Coincidencia o sincronía? La única razón por la que se vería con Yacoub Diouri, uno de los pocos hombres con los que mantenía una relación estrecha, era por Consuelo Jiménez. La intuición tenía oso, comenzabas a creer que todo significaba algo.
El segundo mensaje era de Laura, que seguía queriendo saber si iría a cenar; estarían los dos solos. Falcón sonrió ante la idea. Su relación con Laura no era exclusiva. Ella tenía otros compañeros a los que veía regularmente, y eso no le había molestado… hasta aquel momento, en que, sin razón aparente, la cosa era diferente. Comer paella y pasar la noche con Laura de repente le pareció ridículo.
