La llamó y le dijo que no podría ir a cenar, pero que luego se pasaría a tomar una copa.

En casa no tenía nada que comer. Su asistenta había supuesto que cenaría fuera. No había tomado nada en todo el día. El cadáver en el vertedero había interrumpido sus planes para almorzar y había aniquilado su apetito. Ahora tenía hambre. Se fue a dar un paseo. Después de la lluvia, el ambiente era fresco y las calles estaban llenas de gente. 1,a verdad es que ni siquiera se había parado a pensar adónde iba hasta que se encontró rodeando la parte de atrás de la iglesia del Omnium Sanctorum. Sólo entonces admitió que se dirigía al nuevo restaurante de Consuelo Jiménez.

El camarero le trajo la carta y pidió de inmediato. El entrante de la casa llegó enseguida; jamón sobre una tostada con salmorejo. Lo disfrutó acompañándolo de una cerveza. Sintiéndose de pronto atrevido, sacó una de sus tarjetas y escribió en el dorso: Estoy comiendo aquí y me preguntaba si querrías tomar una copa de vino conmigo. Javier. Cuando el camarero regresó con el revuelto de setas, le sirvió un vaso de rioja y Javier le entregó la tarjeta.

Luego el camarero regresó con unas diminutas chuletas de cordero y le llenó la copa de vino.

– La señora no está -dijo el camarero-. Le he dejado la tarjeta sobre el escritorio para que sepa que ha estado aquí.

Falcón sabía que estaba mintiendo. Era una de las ventajas de ser detective. Se comió las chuletas sintiéndose un estúpido por haber creído en la sincronía del momento. Tomó una tercera copa de vino y pidió café. A las 10:40 volvía a estar en la calle. Se apoyó en la pared que había enfrente de la entrada del restaurante, pensando que quizá la viera al salir.



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