
Mientras permanecía allí esperando pacientemente se puso a pensar en muchas cosas. Era asombroso lo poco que había cavilado sobre su vida interior desde que dejara de ir al psicólogo, cuatro años atrás.
Y cuando, una hora después, abandonó la vigilancia, sabía precisamente adonde se dirigía. Estaba decidido a acabar aquella relación superficial con Laura, y, si su trabajo se lo permitía, se consagraría a intentar que Consuelo volviera a entrar en su vida.
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Sevilla. Martes, 6 de junio de 2006, 02:00 horas
Consuelo Jiménez estaba sentada en la oficina de su restaurante principal, en el corazón de La Macarena, el antiguo barrio obrero de Sevilla. Se hallaba en un estado de profunda angustia, y los tres vasitos colmados de The Macallan que se había tomado a esa hora de la madrugada no habían servido para aliviarla. Toparse con Javier a primera hora del día no había mejorado su estado, y la cosa había empeorado más al enterarse de que había comido en su restaurante, a apenas diez metros de donde ella estaba sentada en ese momento. Tenía la tarjeta delante, encima de su escritorio.
Veía con terrible claridad cuál era su estado físico y mental. No era de esas personas que, tras haber caído en la desesperación, pierden el control de su vida y acaban hundiéndose de forma inconsciente en una orgía de autodestrucción. Era una mujer más meticulosa, más cerebral. Tan cerebral que a veces se descubría contemplando su propia cabeza rubia como si la mente que había debajo fuera dando tumbos en medio del naufragio de su vida interior. Era un estado muy extraño: físicamente estaba en buena forma para su edad, mentalmente seguía muy centrada en su negocio, que le iba de maravilla, como siempre, pero… ¿cómo expresarlo? No tenía palabras para describir lo que ocurría en su interior.
