Todo lo que se le ocurría era una imagen que había visto en un documental sobre el calentamiento global: elementos vitales de la estructura primitiva de un antiquísimo glaciar se habían derretido a causa de un verano en extremo caluroso, y, sin previo aviso, una ingente masa de hielo se había derrumbado con un prolongado rugido dentro del lago que había debajo. Sabía, a partir de la espantosa plomada de sus propios órganos, que estaba presenciando un presagio de lo que le podría ocurrir a menos que hiciera algo pronto.

El vaso de whisky viajó a su boca y regresó al escritorio, transportado por una mano que ya no sentía como suya. Agradecía el etéreo escozor del alcohol porque le recordaba que seguía siendo un ser sensible. Estaba jugueteando con la tarjeta de visita, dándole vueltas y más vueltas, pasando el pulgar por las letras del nombre y la profesión, en relieve. El encargado llamó y entró.

– Ya hemos acabado -dijo-. Cerraremos en cinco minutos. Ya no queda nada más que hacer… debería irse a casa.

– El hombre que estuvo aquí antes, uno de los camareros me ha dicho que lo había visto fuera. ¿Está seguro de que se ha ido?

– Estoy seguro -dijo el encargado.

– Saldré por la puerta lateral -dijo ella, lanzándole una de sus miradas duras y profesionales.

El encargado retrocedió. Consuelo lo lamentó por él. Era un buen hombre que sabía cuándo una persona necesitaba ayuda y cuándo esa ayuda resultaba inaceptable. Lo que sucedía en el interior de Consuelo era demasiado personal para poder arreglarse con una charla de madrugada entre la dueña y el encargado. No se trataba de facturas sin pagar ni de clientes difíciles. Se trataba de… todo.

Volvió a centrar la atención en la tarjeta. Pertenecía a una psicóloga clínica llamada Alicia Aguado. En los últimos dieciocho meses Consuelo había concertado seis citas con esa mujer, pero no había acudido a ninguna. En cada cita que había concertado había dado un nombre distinto, pero Alicia Aguado había reconocido su voz ya en la primera llamada.



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