
La mano cogió la botella y volvió a llenar el vaso. El whisky se vaporizó en su mente. También sabía por qué quería ver a esa psicóloga en concreto: Alicia Aguado había tratado a Javier Falcón. Cuando se topó con él en la calle, fue como un recordatorio. Pero un recordatorio, ¿de qué? ¿Del «lío» que había tenido con él? Lo llamaba lío porque eso era lo que parecía desde fuera: unos días de cenas y sexo salvaje. Pero ella los había interrumpido porque… Se retorció en la silla al recordarlo. ¿Qué razón le había dado? ¿Que se ponía imposible cuando se enamoraba? ¿Que se convertía en otra persona cuando tenía una relación? Fuera la que fuera, había inventado algo imposible de rebatir, se negó a verle o a contestar a sus llamadas. Y ahora él regresaba, como una motivación extra.
Consuelo no había podido pasar por alto un estado psicológico reciente y más preocupante, en el que había comenzado a encontrarse en los momentos en los que no trabajaba con su energía habitual, feroz y casi obsesiva. Cuando se distraía o se cansaba al final del día comenzaba a pensar en el sexo, pero como un intruso a medianoche. Se imaginaba teniendo relaciones nuevas y vigorosas con desconocidos. Sus fantasías se dirigían hacia hombres duros y posiblemente peligrosos y asumían dimensiones pornográficas, y ella se hallaba en el centro de actividades casi inconcebibles. Consuelo siempre había detestado la pornografía, la había encontrado desagradablemente biológica y aburrida, pero ahora, por mucho que intentaba combatirlo con su inteligencia, era consciente de su excitación: saliva en la boca, una constricción en la garganta.
