Y estaba volviendo a ocurrir, en aquel momento, incluso con su mente aparentemente ocupada en otras cosas. Echó la silla hacia atrás de una patada, lanzó la tarjeta de Aguado dentro del bolso, cogió el paquete de cigarrillos, encendió uno y se puso a dar vueltas por la oficina, fumando demasiado y demasiado rápido.

Esas fantasías la disgustaban. ¿Por qué se le ocurría esa basura? ¿Por qué no pensaba en sus hijos? Sus tres queridos hijos -Ricardo, Matías y Darío-, durmiendo en casa vigilados por la niñera. ¡Vigilados por la niñera! Había prometido que nunca lo haría. Después de que Raúl, su marido y el padre de los niños, hubiera sido asesinado, tomó la determinación de dedicarles toda su atención para que nunca sintieran que les faltaba uno de sus progenitores. Y había que verla ahora: pensando en follar mientras los crios estaban en casa y otra persona los cuidaba. No merecía ser madre. Cogió el bolso del escritorio. La tarjeta de Javier revoloteó hasta el suelo.

Quería salir, respirar el aire purificado por la lluvia. Después de cinco o seis tragos de The Macallan no tenía más opción que ir andando hasta la Basílica de la Macarena y coger un taxi. Para ello tendría que pasar por la plaza del Pumarejo, donde merodeaban cada día un puñado de borrachos y drogadictos, todo el día y hasta altas horas de la noche. La plaza, cubierta por un dosel de ramas de árbol que aún goteaban de la tormenta anterior, tenía una tarima elevada con un quiosco cerrado en una punta, y en la otra, cerca de la Bodega de Camacho, con las persianas ya cerradas, había un grupo de una docena de colgados.

El aire era fresco y Consuelo sentía el frío en las piernas, entumecidas por el whisky. No había considerado que su vestido de satén color melocotón llamaría mucho la atención a la luz de las farolas de la calle. Pasó por detrás del quiosco y por la acera del viejo Palacio del Pumarejo. Algunos de aquellos colgados estaban bebiendo, y se congregaban alrededor de un tipo de charlaba, mientras los demás estaban desplomados sobre los bancos en un estado de estupor.



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