
La enjuta figura de camisa negra y abierta hasta la cintura que había en el medio le resultaba familiar a Consuelo. La charla que le dedicaba a aquella desagradable concurrencia era más que una alocución, pues hablaba a la manera de un político. Llevaba el pelo negro y largo, las cejas se inclinaban bruscamente hacia la nariz, y tenía una cara enjuta, dura y llena de marcas. Consuelo sabía por qué el grupo que estaba a su alrededor escuchaba sus palabras, y que nada tenía que ver con lo que decía. Era porque bajo esas satánicas cejas tenía unos ojos verdes brillantes que resaltaban en su cara oscura y asustaban a todo aquel en que se posaran. Daban la intensa impresión de un hombre que tenía rápido acceso a un cuchillo. Bebía una botella de vino barato, que le colgaba a un costado, con el índice anclado en el cuello.
Un mes atrás, Consuelo estaba esperando en un semáforo para cruzar la calle, y él se le acercó por detrás y le murmuró unas palabras tan obscenas que le penetraron la mente como una navaja. Cuando ocurrió, Consuelo le reprendió en voz alta. Sin embargo, contrariamente a otros que suelen desaparecer entre los transeúntes, sin hacer caso, este se le acercó y la acalló con sus ojos verdes y un rápido guiño, lo que le hizo pensar que sabía algo de ella que ella misma ignoraba.
– Conozco a las de tu laya -le dijo el hombre, y se pasó la lengua por la comisura de la boca.
Su bravuconería le paralizó las cuerdas vocales. Eso y el horroroso beso que le lanzó, que logró llegarle al cuello como un tábano.
Consuelo, absorta en esos recuerdos, se había detenido. Uno de aquellos colgados la divisó y la señaló con la cabeza. El orador se dirigió hacia la barandilla levantando la botella, que aún le colgaba del dedo.
