
– ¿Un coche? -dijo Najib, rascándose a través de la barba.
– Te diré cómo lo llama Amanda: el Gran Polvazo de Jim al Calentamiento Global.
Najib puso mala cara ante su manera de hablar y Mouna se dijo que ojalá no hubiese tenido tantas ganas de impresionarle.
– Es un cuatro por cuatro -dijo Mouna- que puede alcanzar los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Amanda dice que se puede ver cómo baja el indicador de gasolina cuando Jim llega a los ciento sesenta. ¿Y sabes otra cosa? Se llevan cuatro coches. Podrían ir tranquilamente en dos, pero tienen que llevarse los cuatro. Qué personal, Najib, no te lo puedes creer.
– Oh, sí que me lo puedo creer, Mouna -dijo Najib-. Seguro.
La City de Londres. Jueves, 23 de marzo de 2006
El hombre estaba al otro lado de la calle, enfrente del aparcamiento subterráneo. No se le veía la cara, oculta por el grasiento borde de imitación de piel de la capucha de su parka verde. Caminaba adelante y atrás, las manos encajadas profundamente en los bolsillos. Una de sus zapatillas de deporte se caía a trozos, y el cordón de la otra estaba desatado y golpeaba contra el dobladillo deshilachado y empapado de sus téjanos descoloridos, que parecían sorber la humedad de la acera. Farfullaba.
Podría haber sido uno más de esos cientos de personas invisibles que se ven arrastradas a la ciudad y viven a la altura de nuestros tobillos en los pasos subterráneos, que se revuelven en sábanas de cartón en las entradas de las tiendas, que deambulan como almas perdidas en el limbo del purgatorio entre los vivos y los visibles: los que tienen vidas de verdad y un empleo y crédito en sus tarjetas y acciones en todas las mercancías posibles, incluyendo el tiempo.
