
Sólo que a él lo estaban viendo, al igual que se nos ve a todos, pues todos nos hemos convertido en comparsas con un pequeño papel en la interminablemente tediosa película de la vida cotidiana. A menudo, a primera hora de la mañana, era la estrella de este documental en blanco y negro de grano grueso, con algún solitario extra a la vista, y tan sólo el tráfico veloz de los primeros operadores de bolsa y los directores de fondos de cobertura del Lejano Oriente proporcionaban algo de acción. Luego, cuando abrían las cafeterías y las calles se llenaban de banqueros, corredores de bolsa y analistas, su papel volvía a ser el de dar «color local», y a menudo quedaba extraviado en la fecha o en los parpadeantes números del tiempo veloz.
Como todos los actores de televisión de circuito cerrado, su talento pasaba inadvertido, su potencial para la telerrealidad seguiría sin descubrirse a menos que, por alguna razón, alguien percibiera que su papel era crucial, y el editor de la vida cotidiana cayera de repente en la cuenta de que había estado presente en ese momento en que la niña fue vista por última vez, o se llevaron a ese muchacho, o, como a menudo ocurre en las películas, se intercambiaran los maletines.
Pero no había tal conmoción.
Ese solitario ser (bajo la capucha no estaba claro ni siquiera si era hombre o mujer) se movía en medio de una marea de extras, a veces en su misma dirección, a veces en la contraria. Era un extra de los extras, y, peor aun que ser superfluo, obstruía el paso. Estuvo allí hora tras hora, semanas tras semana, mes tras… Sólo estuvo un mes. Durante cuatro semanas farfulló y caminó arrastrando los pies entre las rayas de la acera, enfrente del aparcamiento subterráneo, y luego desapareció. La telerrealidad siguió sin él, sin percatarse siquiera de que había tenido delante de su objetivo a una estrella de la pantalla muda durante más de 360 horas.
