Aunque hubiera habido banda sonora no habría servido de nada. Ni un micrófono bajo la horrible capucha grasienta de la parca hubiera sacado nada en claro. Tan sólo habría grabado los murmullos de un idiota marginal, repitiendo para sí el color, modelo y número de matrícula de coches aparentemente al azar y a la hora en que pasaban por ese trecho de acera. Seguramente era la dedicación obsesiva de un lunático.

¿Qué sofisticado equipo de vigilancia habría podido distinguir que los ojos que se ocultaban en la oscuridad de la capucha sólo seleccionaban los coches que entraban en el aparcamiento subterráneo del edificio que había al otro lado de la calle? Y aun cuando hubiera un equipo que pudiera haber establecido esa relación, ¿habría sido capaz de descubrir que el flujo de datos irrelevantes era grabado en el disco duro de un dictáfono del tamaño de la palma de la mano situado en el bolsillo interior de la parka?

Sólo entonces se habría comprendido la importancia de ese superfluo ser humano, y el editor de la vida cotidiana, de haber estado atento esa mañana, podría haberse puesto en pie de un salto y pensar: está naciendo una estrella.


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Sevilla. Lunes, 5 de junio de 2006, 16:00 horas


Los cadáveres nunca son bonitos. Ni el empleado de funeraria de más talento para el maquillaje es capaz de volverle a infundir vida a un cadáver. Pero hay muertos más feos que otros. Otra forma de vida se ha apoderado de ellos.

Las bacterias han convertido sus jugos y excreciones en un gas nocivo, que se desliza por las cavidades del cuerpo y bajo la piel, hasta que esta se tensa como un tambor que envuelve la corrupción que hay dentro. El hedor es tan intenso que penetra en el sistema nervioso central de los vivos, y el asco de estos va más allá del perímetro de su ser. Se ponen tensos. Es mejor no acercarse mucho a la gente que rodea a un «inflado».



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