Normalmente, el inspector jefe Javier Falcón tenía un mantra, que repetía su mente cuando se enfrentaba a ese tipo de cadáver. Podía soportar cualquier clase de violencia infligida a un cuerpo -cráteres de urina de fuego, cortes de cuchillo, depresiones producidas por golpes, magulladuras de estrangulamiento, la palidez de los envenenados-, pero esta transformación provocada por la descomposición, la hinchazón y el hedor últimamente había comenzado a afectarle. Pensó que quizá se trataba de la psicología de la decadencia, la mente atribulada por el deslizarse hacia el único posible fin de la vejez; sólo que esa no era la decadencia habitual de la muerte. Tenía que ver con la corrupción del cuerpo: cómo el calor transforma enseguida a una chica esbelta en una recia matrona de mediana edad, o cómo, en el caso del cadáver que estaban extrayendo de los escombros de un vertedero más allá de las afueras de la ciudad, un hombre corriente se metamorfosea hasta adquirir el tenso contorno de un luchador de sumo.

El cuerpo había alcanzado el rigor mortis y descansaba en una postura más degradante. Peor que un luchador de sumo derrotado al que han sacado del ring y ha aterrizado de cabeza en la primera fila del público que aúlla, su recato protegido por la gruesa tira de su mawashi, aquel hombre estaba desnudo. De haber estado vestido, parecería estar arrodillado como un suplicante musulmán (la cabeza incluso apuntaba al este), pero no era el caso. De modo que parecía alguien al que han preparado para una brutal violación, la cara apretada contra el lecho de materia en descomposición que tenía debajo, como si fuera incapaz de soportar la vergüenza de esa última profanación.

Mientras asimilaba la escena del crimen, Falcón se dio cuenta de que no estaba recitando su mantra habitual, y que su mente daba vueltas a lo que le había ocurrido cuando contestó a la llamada en que se le alertaba del descubrimiento del cadáver.



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