
Antes, el médico forense había avanzado con cuidado entre la basura para confirmar que el hombre estaba muerto. En ese momento la policía científica estaba concluyendo su trabajo, metiendo en bolsas cualquier cosa que fuera de interés y sacándolo de la escena del crimen. El médico forense, aún con la mascarilla puesta y ataviado con un mono blanco, exploraba por segunda vez a la víctima. Aguzó y amusgó la mirada ante lo que vio. Tomó algunas notas y se acercó hasta donde se encontraba Falcón, acompañado del juez de guardia, Juan Romero.
– No veo ninguna causa evidente de fallecimiento -dijo-. No murió porque le cortaran las manos. Eso se lo hicieron luego. Le aplicaron un torniquete muy apretado en las muñecas. No hay contusiones en torno al cuello ni agujeros de bala ni heridas de cuchillo. Le han arrancado el cuero cabelludo y no veo que hayan causado ningún daño catastrófico en el cráneo. Es posible que lo envenenaran, pero no puedo saberlo por su cara, porque se la han quemado con ácido. Yo diría que murió hace unas cuarenta y ocho horas.
Los ojos oscuros del juez Romero parpadeaban sobre la máscara de su rostro a cada devastadora revelación. Hacía más de dos años que no se encargaba de ninguna investigación de asesinato, y no estaba acostumbrado a ese nivel de brutalidad en los pocos con que se había topado.
