
Extrañamente, ayer no me puso en ridículo, es más, se quedó en silencio mientras le confiaba mis ganas y dijo que no había nada de extraño, que era lógico que tuviera ciertos deseos:
– Es más -dijo-, como te conozco desde hace algún tiempo, puedo echarte una mano para que los cumplas.
He suspirado y sacudido la cabeza: -En ocho meses una chica puede cambiar y entender ciertas cosas que antes no entendía. Daniele, di más bien que no tienes ningún coño a tu disposición y que repentinamente -y «¡al fin!», he pensado-, te has acordado de mí -le espeté.
– ¡Estás zumbada! Es mejor que corte, no tengo por qué hablar con gente como tú.
Espantada ante este nuevo portazo en la cara, me rebajé a exclamar un «No» implorante y luego: -Está bien, está bien. Perdóname. -Veo que sabes entrar en razón… te haré una propuesta -dijo.
La curiosidad por lo que iba decirme me incitó de manera infantil a hablar y él dijo que lo haría conmigo sólo si entre nosotros no había nada más, sólo una historia de sexo en la cual nos buscaríamos cuando tuviéramos ganas. Pensé que a la larga también hasta una historia de sexo puro y duro puede transformarse en vina historia de amor y afecto; aunque no se presente en los primeros tiempos, se presentará con la costumbre. Me doblegué a su voluntad con tal de complacer mis caprichos: seré su pequeña amante con fecha de caducidad; cuando se haya cansado de mí me mandará a paseo sin demasiados remordimientos.
