Vista desde este prisma, mi primera vez podría parecer un contrato a plazo fijo al que sólo le faltara el documento escrito que lo sellara y certificara, un contrato entre alguien muy astuto y otro excesivamente curioso y deseoso, que ha aceptado el arreglo agachando la cabeza y con el corazón a punto de estallar.

No pierdo las esperanzas de que todo salga bien, porque quiero conservar el recuerdo para siempre y lo quiero hermoso, resplandeciente y poético.


15,18


Siento el cuerpo destruido y pesado, increíblemente pesado. Es como si algo muy grande me hubiera caído encima y me hubiera aplastado. No me refiero al dolor físico, sino a un dolor distinto, interior. Dolor físico no he sentido, apenas algo cuando estaba encima…

Esta mañana he cogido la moto del garaje y he ido a su casa en el centro. Era temprano; media ciudad aún dormía y las calles estaban casi vacías. De vez en cuando, algún camionero tocaba la bocina con estrépito y me lanzaba un piropo y yo sonreía un poco porque pensaba que los demás percibirían mi alegría, que me vuelve más guapa y luminosa.

Cuando estuve a la puerta de su casa, miré el reloj y me di cuenta de que había llegado muy temprano, como siempre. Entonces me senté en la moto, abrí la cartera y cogí el libro de griego para repasar la lección que habría debido repetir en clase esta misma mañana (¡si mis profes supieran que me he escaqueado para irme a la cama con un chico!). Sin embargo, estaba ansiosa y hojeaba y volvía a hojear el libro sin leer una palabra; el corazón me latía desbocado y la sangre corría rapidísima en mis venas, debajo de la piel. Dejé el libro y me reflejé en el espejito de la moto. Pensé que mis gafas rosadas en forma de gota le encantarían y que el poncho negro sobre mis hombros lo dejaría sin habla. Sonreí mordiéndome el labio y me sentí orgullosa de mí misma. Sólo faltaban cinco minutos para las nueve, no sería un drama que le tocara el timbre con anticipación.



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