
En cuanto llamé por el telefonillo, entreví su espalda desnuda detrás de la ventana; levantó la persiana y me dijo, con un rostro duro y un tono irónico: «Faltan cinco minutos, espera allí, te llamaré a las nueve en punto». En aquel momento me reí estúpidamente, pero ahora que lo pienso creo que era un mensaje en el que dejaba bien claro quién ponía las reglas y quién debía respetarlas.
Se asomó por el balcón y dijo: «Puedes entrar».
La escalera olía a pis de gato y a flores marchitas; oí una puerta que se abría y subí los peldaños de dos en dos, porque no quería retrasarme. Él había dejado la puerta abierta y entré, llamándolo en voz baja. Oí ruidos en la cocina y me dirigí hacia la habitación, él vino a mi encuentro deteniéndome con un beso en los labios, rápido pero hermoso, que me hizo recordar su sabor a fresa.
– Ve hacia allá, en seguida vuelvo -dijo, señalándome la primera habitación a la derecha.
Entré en su cuarto desordenado; era evidente que acababa de despertarse. De la pared colgaban matrículas de coches americanos, pósters de dibujos animados manga y varias fotos de sus viajes. En la mesilla había una foto suya, de niño; la toqué despacio con un dedo, pero él apareció por detrás, la cogió y la puso boca abajo, diciéndome que no debía mirarla.
Me aferró por los hombros y me obligó a volverme, me estudió con atención y exclamó:
– ¡¿Qué coño te has puesto?!
– Vete a la mierda, Daniele -respondí, herida una vez más.
Sonó el teléfono y salió de la habitación para responder. No oía bien lo que decía, sólo palabras amortiguadas y risas sofocadas. En un momento dado oí:
– No cortes. Voy a verla y te lo digo.
Entonces asomó la cabeza por la puerta y me miró, regresó al teléfono y dijo:
