– Está de pie cerca de la cama, con las manos en los bolsillos. Ahora mismo me la tiro y después te digo. Chau.

Regresó con el rostro sonriente y yo respondí con una sonrisa nerviosa.

Sin decir nada, bajó la persiana y pasó llave a la puerta de su cuarto. Me miró por un instante, se bajó los pantalones y se quedó en calzoncillos.

– ¿Y? ¿Qué haces vestida? Desnúdate, ¿no? -dijo, con una mueca burlona.

Se reía mientras yo me desvestía y, una vez completamente desnuda,, me dijo inclinando un poco la cabeza:

– Bueno… no estás tan mal. He llegado a un acuerdo con un buen coño.

Esta vez no sonreí, estaba nerviosa, miraba mis brazos blancos ycándidos que resplandecían por los rayos que apenas se filtraban por la ventana. Comenzó a besarme en el cuello y fue descendiendo poco a poco, a los senos y luego al Secreto, donde ya el Leteo había empezado a fluir.

– ¿Por qué no te lo depilas? -susurró.

– No -dije con el mismo volumen de voz-, me gusta así.

Al bajar la cabeza noté su empalme y entonces le pregunté si quería empezar.

– ¿Cómo te gustaría hacerlo? -preguntó, sin vacilaciones.

– No lo sé, dime tú… no lo he hecho nunca -respondí, con una pizca de vergüenza.

Me recosté sobre la cama desordenada y con las sábanas frías; Daniele se puso encima de mí, me miró a los ojos y me dijo:

– Tú, arriba.

– ¿No me hará daño estando encima? -pregunté, con un tono que se parecía al reproche.

– No importa -exclamó, sin mirarme.

Trepé sobre él y dejé que su asta hiciera diana en el centro de mi cuerpo. Sentí un poco de dolor, pero nada terrible. Tenerlo dentro de mí no me provocó esa convulsión que esperaba, al contrario. Su sexo sólo me provocaba escozor y fastidio, pero me vi obligada a permanecer encastrada de aquella manera.

Ni un gemido de mis labios, tensos en una sonrisa.

Mostrarle mi dolor habría sido expresar esos sentimientos que él no quiere conocer. Quiere servirse de mi cuerpo, no quiere saber de mi luz.



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