– Venga, pequeña, que no te haré daño -dijo.

– No, tranquilo, no tengo miedo. Pero ¿no podrías ponerte tú encima? -pregunté, con una leve sonrisa. Consintió con un suspiro y se echó encima de mí.

– ¿Sientes algo? -me preguntó, mientras comenzaba a moverse despacio.

– No -respondí, creyendo que se refería al dolor.

– ¿Cómo que no? ¿Será el preservativo?

– No lo sé -continué-, no me hace ningún daño.

Me miró disgustado y dijo:

– ¡Zorra, tú no eres virgen!

No respondí en seguida y lo miré estupefacta:

– ¿Cómo que no? Perdona, ¿qué significa eso?

– ¿Con quién lo has hecho, eh? -preguntó, mientras se levantaba a toda prisa de la cama y recogía sus ropas dispersas en el suelo.

– ¡Con nadie, lo juro! -dije en voz alta.

– Por hoy hemos terminado.

El resto es inútil contarlo, diario. Me marché sin valor siquiera para el llanto o el grito, sólo con una tristeza infinita que me oprime el corazón y lo devora poco a poco.


6 de marzo


Hoy mi madre durante la comida me ha mirado con ojos indagadores y me ha preguntado con un tono solemne por qué estaba tan pensativa estos días.

– El colegio -respondí con un suspiro-, me están llenando de deberes.

Mi padre seguía cogiendo los espaguetis con el tenedor, levantando la mirada para ver mejor en el telediario las últimas noticias de la política italiana. Me sequé los labios con la servilleta y la manché de salsa. Me fui rápidamente de la cocina mientras mi madre seguía regañándome porque nunca tengo respeto por nada ni nadie, que ella a mi edad era responsable y limpiaba las servilletas en vez de ensuciarlas.

– ¡Sí, sí! -gritaba yo, desde la otra habitación.

Deshice la cama y me acurruqué debajo de las mantas, mojando las sábanas con mis lágrimas.



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