
El olor a suavizante se mezclaba con el extraño olor del moco que me goteaba de la nariz, lo sequé con la palma de la mano y sequé también mis lágrimas. Observé el retrato que colgaba de la pared y que un pintor brasileño me hizo en Taormina, ya hace bastante tiempo. Me había detenido mientras caminaba y me había dicho:
– Tienes un rostro tan hermoso, deja que lo dibuje. Lo hago gratis, de verdad.
Y mientras su lápiz trazaba líneas sobre la hoja sus ojos resplandecían y sonreían, aunque sus labios permanecían cerrados.
– ¿Por qué piensa que tengo un rostro bonito? -le pregunté mientras posaba.
– Porque expresa belleza, candor, inocencia y espiritualidad -respondió con amplios gestos de las manos.
Bajo las mantas he vuelto a pensar en las palabras del pintor y luego en la mañana pasada, cuando perdí lo que el viejo brasileño había encontrado de raro en mí. Lo perdí entre unas sábanas demasiado frías y entre las manos de quien ha devorado su propio corazón, que ya no late. Muerto. Yo tengo un corazón, diario, aunque él no se dé cuenta, aunque quizá nunca nadie se dé cuenta. Y, antes de abrirlo, le daré mi cuerpo a cualquier hombre, por dos motivos: porque quizá saboreándome conocerá el sabor de la rabia y de la amargura y, por tanto, sentirá un mínimo de ternura; luego, porque se enamorará de mi pasión hasta ser incapaz de prescindir de ella. Sólo después me entregaré completamente, sin dilaciones ni constricciones, para que nada de lo que siempre he deseado se pierda. Lo mantendré apretado entre los brazos y lo haré crecer como una flor rara y delicada, atenta a que una bofetada del viento no la aje de repente. Lo prometo.
9 de abril
Los días son mejores; la primavera ha explotado este año sin medias tintas. Un día me despierto y me encuentro con las flores abiertas y el aire más tibio, mientras el mar recoge el reflejo del cielo transformándose en una masa de azul intenso.
