
Ayer, las piedras de Polifemo se quedaron mirándonos mientras él se movía convulsamente sobre mi cuerpo, sin preocuparse por mis escalofríos ni por mis ojos que apuntaban hacia otra parte: al reflejo de la luna en el agua. Lo hicimos todo en silencio, como siempre, del mismo modo, cada vez. Su rostro se hundía detrás de mis hombros y sentía su aliento en el cuello: no era cálido, era frío. Su saliva bañaba cada centímetro de mi piel como si una babosa lenta y perezosa dejara su estela viscosa. Y su piel ya no me recordaba la piel dorada y sudada que había besado una mañana de verano. Sus labios ya no sabían a fresa, ya no tenían ningún sabor. En el momento de ofrecerme su poción secreta, emitió el habitual estertor de placer, cada vez más parecido a un gruñido. Se separó de mi cuerpo y se tendió sobre su toalla, al lado de la mía, suspirando como si se hubiera liberado de un peso agobiante. Apoyando el cuerpo sobre un costado observé y admiré las curvas de su espalda. Amagué un lento acercamiento de la mano, pero la retiré en seguida, atemorizada por su reacción. Me dediqué a mirar: a él y a los Farallones, durante mucho tiempo, un ojo en él y el otro en ellos. Luego, desplazando la mirada, descubrí la luna en medio y la observé, admirada, entornando los ojos para enfocar mejor su redondez y su color indefinible.
