Me volví de pronto, como si hubiera comprendido algo, un misterio antes inalcanzable:

– No te quiero -susurré muy despacio, como para mí misma.

Ni siquiera tuve tiempo de pensarlo. Se volvió despacio, abrió los ojos y preguntó: -¿Qué coño has dicho?

Lo miré durante un momento con el rostro firme, inmóvil y levantando la voz dije: -No te quiero.

Arrugó la frente y las cejas se acercaron, luego exclamó bien alto:

– ¿Y quién coño te lo ha pedido? Nos quedamos callados y él se echó de nuevo de espaldas. A lo lejos oí que se cerraba la puerta de un coche y luego las risitas de una pareja. Daniele se volvió hacia ellos y dijo, fastidiado:

– ¿Qué coño quieren éstos… por qué no se van a follar a otra parte y nos dejan descansar en paz?

– También ellos tienen derecho a follar donde les dé la gana, ¿no? -dije, la vista clavada en el brillo del esmalte transparente de mis uñas.

– Oye, chata… tú no eres quien para decirme qué deben o no deben hacer los demás. Lo decido yo, siempre yo, también sobre ti siempre he decidido y siempre decidiré yo.

Mientras hablaba me volví, fastidiada, recostándome sobre la toalla húmeda. Él me sacudió con rabia los hombros mientras emitía sonidos indescifrables con los dientes apretados. No me moví, cada uno de los músculos de mi cuerpo estaba tenso.

– ¡No puedes tratarme así! -chillaba-. No puedes pasar de mí… cuando hablo debes escucharme y nunca más te permitas darte la vuelta, ¿has entendido?

Entonces me volví de golpe, le aferré las muñecas y las sentí débiles bajo mis manos. Tuve piedad por él, se me oprimió el corazón.



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