
– Estaría escuchándote durante horas y horas si al menos me hablases, si me dieras la oportunidad de escucharte -dije, modulando suavemente.
Vi que su cuerpo se relajaba, lo sentí. Cerró los párpados y volvió sus ojos a su interior.
Estalló en lágrimas y se cubrió el rostro con las manos de vergüenza. Luego se acurrucó de nuevo sobre la toalla. Con las piernas dobladas parecía aún más un niño indefenso e inocente.
Le di un beso en la mejilla, doblé mi toalla en silenció y con cautela, recogí todas mis cosas y me dirigí lentamente hacia la pareja. Estaban abrazados, se llenaban del olor del otro olisqueándose los cuellos. Me detuve un instante para mirarlos y entre el ligero rumor de las olas del mar oí susurrar un «te quiero».
Me llevaron de vuelta a casa; se lo agradecí disculpándome por haberlos interrumpido, pero ellos me tranquilizaron diciéndome que estaban contentos de haberme ayudado.
Ahora, diario, mientras te escribo me siento en falta. Lo dejé en la playa húmeda llorando lágrimas de sangre, me fui como una cobarde y lo dejé haciéndose daño. Pero lo hice por él, y también por mí. Tantas veces me dejó llorar y en vez de abrazarme me mandó a paseo, mofándose. No será un drama para él quedarse solo. Y tampoco lo será para mí.
30 de abril
¡Estoy feliz, feliz, feliz! No ha sucedido nada por lo que deba estarlo y, sin embargo, lo estoy. Nadie me llama nunca, nadie me busca y, sin embargo, reboso de alegría por todos los poros, estoy contenta hasta lo inverosímil. He desterrado todas las paranoias, ya no espero con angustia su llamada, ya no tengo la angustia de sentirlo bombear encima de mí, burlándose de mi cuerpo y de mí. Ya no tengo que contarle mentiras a mi madre, cuando, de vuelta de quién sabe dónde, me preguntaba dónde había estado. Y yo puntualmente le respondía cualquier tontería: en el centro tomando una cerveza, en el cine o en el teatro.
