– Qué pena que no puedas divertirte -dijo, con una expresión ligeramente irónica.

– No hay problema -respondí-, tomaré un poco el sol.

Sin decir nada, me aferró una mano mientras con la otra cogía el vaso frío y lo apoyaba sobre la mesa.

– ¿Adónde vamos? -pregunté riendo, pero un poco recelosa.

No respondió y me condujo por una escalerilla de diez peldaños hasta una puerta, cogió unas llaves de debajo del felpudo e introdujo una en la cerradura, mientras me miraba con ojos socarrones y brillantes.

– Pero ¿adónde me llevas? -pregunté; el mismo recelo en mí, pero ahora bien escondido.

Otra vez, la callada por respuesta y un esbozo de risotada. Abrió la puerta, me tironeó hacia dentro y la cerró a mis espaldas. La habitación era oscura, apenas iluminada por los rayos que se filtraban por las rendijas de las persianas, y calurosa. Me apoyó contra la puerta y me besó apasionadamente, haciéndome saborear sus labios de fresa, de un color muy parecido al fruto. Apoyaba las manos en la puerta y los músculos de sus brazos estaban tensos, podía sentirlos, vigorosos, en la palma de mis manos que los acariciaban y los recorrían del mismo modo en que los duendes recorrían mi cuerpo. Luego me cogió por las mejillas, se apartó de mi boca y me preguntó quedamente:

– ¿Te apetecería hacerlo?

Me mordí los labios y le dije que no, porque mil miedos me invadieron de pronto, miedos sin rostro, abstractos. Hizo más presión con las manos sobre mis mejillas y con una fuerza que quizá él quería traducir, en vano, en dulzura me fue empujando cada vez más abajo, mostrándome bruscamente al Desconocido. Ahora lo tenía delante de los ojos, olía a hombre y cada vena que lo atravesaba expresaba tal potencia que me pareció obligatorio ajustar las cuentas con ella. Entró presuntuoso entre mis labios, haciendo desaparecer el sabor a fresa que aún los impregnaba.

Luego, de repente, hubo otra sorpresa y me encontré en la boca un líquido caliente y ácido, abundante y denso.



7 из 109