
– ¿Quieres tomar algo? -preguntó.
Porque el sabor ácido del líquido seguía en mi boca respondí que sí, que un vaso de agua. Se alejó y regresó unos segundos después con el vaso en la mano. Yo aún estaba apoyada en la puerta, mirando con curiosidad la habitación después de que él hubiera encendido la luz. Observaba las cortinas de seda y las esculturas, y los libros y revistas abandonados sobre los elegantes divanes. Un acuario enorme proyectaba sus luces brillantes en las paredes. Oía los ruidos de la cocina y dentro de mí no había turbación ni vergüenza, sino una extraña satisfacción. Sólo después me asaltó la vergüenza, cuando me tendió el vaso con un gesto indiferente y le pregunté:
– Pero ¿de verdad se hace así?
– ¡Claro! -me respondió, con una sonrisa burlona que dejaba expuestos todos sus bellísimos dientes. Entonces le sonreí y lo abracé y, mientras olía su nuca, sentí sus manos detrás de mí cogiendo la manilla y abriendo la puerta.
– Nos vemos mañana -dijo, y después de un beso que me resultó dulce, bajé los peldaños y me uní a los demás.
Alessandra me miró riéndose y yo esbocé una sonrisa que desapareció en seguida cuando bajé la cabeza: tenía los ojos llenos lágrimas.
