
Rezando para que no le traicionara ahora el cuerpo con algún tic o tropiezo, Cazaril hincó una rodilla en el suelo junto a la silla de la provincara e inclinó la cabeza en señal de respetuoso saludo. El vestido de la mujer desprendía un olor a lavanda, el seco perfume de una anciana. Alzó la mirada, buscando en su rostro algún indicio de reconocimiento. Si ella no lo reconocía ahora, se convertiría en nadie de verdad, y de inmediato.
La provincara le devolvió la mirada, y se mordió el labio, presa del asombro.
– Cinco dioses -musitó-. En verdad sois vos. Mi lord de Cazaril. Sed bienvenido a mi casa. -Le tendió la mano para que la besara. Cazaril tragó saliva, atragantándose casi, y humilló la cabeza sobre la mano. En su día, había sido blanca y delicada, perfectas las uñas, nacaradas. Ahora se le marcaban los nudillos, y la fina piel tenía manchas marrones, aunque las uñas seguían luciendo tan bien cuidadas como en sus años de matrona en la flor de la vida. Ni el menor respingo afectó su compostura cuando él derramó un par de lágrimas que fueron a verterse imparables sobre el dorso de su mano, aunque sus labios se curvaron un tanto. La mano escapó de la débil presa de Cazaril para tocarle la barba y trazar la línea de una mecha blanca-. Ay, Cazaril, ¿tanto he envejecido yo?
Parpadeó rápidamente. No podía, no debía romper a llorar igual que un chiquillo entrado en años.
– Ha pasado mucho tiempo, vuestra gracia.
