
Siendo aún invierno, la comida principal del día en la casa se había servido a mediodía, formalmente, en el gran salón. La cena era más frugal y consistía, evidenciado el carácter ahorrativo de la provincara, el pan y la carne sobrante del mediodía pero, evidenciando su orgullo, sólo de la mejor calidad, acompañado todo de una generosa libación de sus excelentes vinos. Cuando llegara el asfixiante calor del verano de las llanuras altas, se invertiría el procedimiento; el almuerzo sería más ligero, y la comida fuerte se serviría al anochecer, cuando los baocios de toda ralea salieran a sus frescos patios para cenar a la luz de las lámparas.
Se sentaron sólo ocho, en una cámara privada sita en un edificio nuevo cerca de las cocinas. La provincara ocupó el centro de la mesa y cedió a Cazaril el puesto de honor a su diestra. Cazaril se sintió amilanado al encontrarse flanqueado por la rósea Iselle al otro costado, y el róseo Teidez frente a ella. Le infundió ánimos de nuevo ver que el róseo se afanaba en hacer más llevadera la espera arrojando pelotas de pan a su hermana mayor, maniobra severamente frustrada por su abuela. El brillo vengativo de los ojos de la rósea sólo se vio distraído, juzgó Cazaril, por una oportuna intervención de su compañera Betriz, que estaba sentada delante y algo a la izquierda de él.
Lady Betriz sonrió a Cazaril desde el otro lado de la mesa, revelando un hoyuelo elusivo, y parecía que estuviera a punto de decir algo, cuando apareció el criado portando una palangana que les ofreció por turnos para que se lavaran las manos. El agua templada estaba perfumada con verbena. A Cazaril le temblaron las manos cuando las mojó y se las secó en la delicada toalla de lino, debilidad que ocultó en cuanto pudo recogiéndolas sobre el regazo. La silla que tenía justo delante permanecía vacía.
Cazaril la señaló con un gesto e, inseguro, preguntó a la provincara:
