
– ¿Va a acompañarnos la viuda royina, vuestra gracia?
La dama apretó los labios.
– Lamentablemente, Ista no se siente lo bastante bien esta noche. Suele… comer casi siempre en sus aposentos.
Cazaril sofocó una momentánea intranquilidad y decidió preguntar a otra persona, más adelante, qué era exactamente lo que preocupaba a la madre del róseo y la rósea. Aquella breve compresión sugería algo crónico, o pertinaz, o demasiado doloroso para mencionarlo. Su prolongada viudedad había ahorrado a Ista los peligros añadidos del parto que eran la pesadilla de las jóvenes, aunque también había que contar con los sobrecogedores trastornos femeninos que asolaban a las matronas… Ista, como segunda esposa del roya Ias, había sido desposada siendo él de mediana edad y su hijo y heredero Orico ya adulto. Durante el poco tiempo que había permanecido Cazaril en la corte de Chalion, hacía años, la había visto solamente a una discreta distancia; parecía feliz, la niña de los ojos del roya cuando el matrimonio era joven. Ias había adorado a la pequeña Iselle y a Teidez, todavía un bebé en brazos de la enfermera.
Su dicha se había visto ensombrecida por la lamentable tragedia de la traición que cometió el lord de Lutez, la cual, según convenían muchos testigos, había acelerado el fallecimiento de pena del envejecido roya. Cazaril no pudo por menos de preguntarse si la enfermedad que evidentemente había alejado a la royina Ista de la corte de su hijastro habría obedecido a alguna desafortunada razón política. Pero el nuevo roya Orico siempre se había mostrado respetuoso con su madrastra, y amable con sus hermanastros, a juicio de todos.
Cazaril carraspeó para camuflar el gruñido de su estómago y dirigió su atención al caballero tutor superior del róseo, sentado al final de la mesa al otro lado de lady Betriz. La provincara, con una regia inclinación de cabeza, lo conminó a dirigir la oración a la Sagrada Familia que habría de bendecir los inminentes alimentos. Cazaril esperaba que fueran realmente inminentes. El misterio de la silla vacía quedó resuelto cuando el alcaide del castillo sir de Ferrej llegó corriendo y prodigó disculpas por su demora antes de tomar asiento.
