
– Me ha entretenido el divino de la Orden del Bastardo -explicó mientras se repartían el pan, la carne y los frutos secos.
Cazaril, conteniéndose para no abalanzarse sobre su comida igual que un perro hambriento, produjo un sonido educadamente inquisitivo y probó su primer bocado.
– El jovencito más imparablemente locuaz -añadió de Ferrej.
– ¿Ahora qué quiere? -preguntó la provincara-. ¿Más donativos para la inclusa? Ya enviamos un cargamento la semana pasada. Los criados del castillo se niegan a ceder más ropa vieja.
– Amas de cría -respondió de Ferrej, masticando.
– ¡No de mi casa! -bufó la provincara.
– No, pero quería que yo corriera la voz de que el Templo las busca. Esperaba que alguien tuviera en su familia una mujer inclinada a la beneficencia. La semana pasada les dejaron otro bebé frente a los postigos, y espera que haya más. Al parecer, es temporada.
La Orden del Bastardo, según la lógica de su teología, clasificaba los partos no deseados entre los sucesos fuera de temporada que obedecían el mandato de los dioses: bastardos incluidos, naturalmente, y niños privados de sus padres a temprana edad. Total, Cazaril pensaba que un dios que se suponía que comandaba una legión de demonios no debería tener demasiados problemas para recaudar dinero con el que subvencionar sus buenas obras.
Con discreción, aguó su vino; era un crimen estropear así esa cosecha, pero estaba seguro de que, con el estómago vacío, se le subiría a la cabeza. La provincara le dedicó un asentimiento de aprobación, pero luego se enfrascó en una discusión con su prima por el mismo motivo, saliendo parcialmente triunfal con medio vaso de vino sin diluir. Sir de Ferrej continuó:
– El divino me ha contado una historia interesante, eso sí; ¿a que no sabéis quién murió anoche?
