
– ¿Quién, papá? -dijo servicialmente lady Betriz.
– Sir de Naoza, el célebre duelista.
No era un nombre que reconociera Cazaril, pero la provincara sorbió por la nariz.
– Ya era hora. Qué espanto de hombre. Nunca lo recibí, aunque supongo que habría quienes fueran tan tontos de hacerlo. ¿Subestimó al fin a su víctima… digo, adversario?
– Ahí es donde la historia se pone interesante. Al parecer, fue asesinado por la magia de la muerte. -Anecdotista consumado, de Ferrej trasegó su vino mientras los murmullos se propagaban por la mesa. Cazaril se quedó paralizado en mitad de un bocado.
– ¿Intentará el Templo resolver el misterio? -quiso saber la rósea Iselle.
– No es ningún misterio, sino más bien una tragedia. Hace un año, aproximadamente, de Naoza fue empujado en plena calle por el hijo único de un tratante de lana de la provincia, con el resultado de siempre. Bueno, de Naoza se defendió arguyendo que había sido un duelo, como es lógico, pero hubo quienes presenciaron la escena y dijeron que había sido asesinato a sangre fría. No se sabe cómo, no se pudo dar con ninguno de ellos para que testificaran cuando el padre del joven quiso llevar a de Naoza ante la justicia. Se rumoreaba también que la integridad del juez estaba en entredicho.
La provincara chasqueó la lengua. Cazaril se atrevió a tragar, y dijo:
– Continuad.
Alentado, el castellano reanudó su relato:
– El mercader era viudo, y el muchacho no era sólo "hijo" único, sino su único descendiente. Y a punto de contraer matrimonio, además, para empeorar las cosas. La magia de la muerte es un asunto turbio, sí, pero no puedo por menos de sentir cierta simpatía por el pobre mercader. Bueno, rico mercader, supongo, pero en cualquier caso, demasiado mayor para perfeccionar sus dotes de esgrima hasta el punto de ser capaz de enfrentarse a alguien como de Naoza.
