Así que recurrió a lo que pensaba que era su último recurso. Se pasó todo el año pasado estudiando las negras artes, dónde encontró todo ese conocimiento es un buen rompecabezas para el Templo, os lo aseguro, renunció a su trabajo, según tengo entendido, y luego, anoche, se dirigió a un molino abandonado a unos diez kilómetros de Valenda e intentó invocar un demonio. ¡Y por el Bastardo que lo consiguió! Encontraron su cuerpo allí mismo esta mañana.

El Padre del Invierno era el dios de todas las muertes en temporada, y de la justicia; pero además de todos los desastres que se le atribuían, el Bastardo era el dios de los ejecutores. Y, por cierto, el dios de un saco lleno de otros trapos sucios. Parece que el mercader fue a comprar su milagro a la tienda correcta.El cuaderno de notas que guardaba Cazaril en su chaleco pareció ganar cinco kilos de peso de golpe; pero eran sólo imaginaciones suyas el que pareciera que fuese a abrasar la tela y estallar en llamas.

– Bueno, que no espere mis simpatías -dijo el róseo Teidez-. ¡Ha sido una cobardía!

– Sí, pero ¿qué se puede esperar de un comerciante? -observó su tutor, mesa abajo-. Los hombres de esa clase no están versados en el tipo de código de honor que se enseña a los auténticos caballeros.

– Pero es que es terrible -protestó Iselle-. Quiero decir, lo del hijo a punto de casarse.

Teidez bufó por la nariz.

– Chicas. Sólo sabéis pensar en casaros. Pero ¿qué supone la pérdida más grave para la royeza? ¿La de un lanero codicioso o la de un espadachín? ¡Cualquier duelista de sus aptitudes debe ser un buen soldado para el roya!

– Según mi experiencia, no -intervino secamente Cazaril.

– ¿Qué queréis decir? -se apresuró a desafiarle Teidez.

Avergonzado, Cazaril musitó:

– Disculpadme. He hablado a destiempo.

– ¿Dónde está la diferencia? -insistió Teidez.

La provincara tamborileó con un dedo sobre el mantel y le lanzó una mirada indescifrable.



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