
La provincara apretó los labios.
– El nombramiento de los justiciares de la provincia escapa a mi competencia, querida. Igual que su degradación. De lo contrario, su partida se tramitaría con mucha mayor diligencia, te lo garantizo. -Sorbió su vino y añadió, al reparar en el ceño fruncido de su nieta-: En Baocia gozo de grandes privilegios, niña. No de grandes poderes.
Iselle miró de soslayo a Teidez, y a Cazaril, antes de hacerse eco de la pregunta de su hermano, con voz seria:
– ¿Cuál es la diferencia?
– ¡Lo uno te da derecho a gobernar, y el deber de proteger! Lo otro te da derecho a recibir protección -replicó la provincara-. Por desgracia, las diferencias entre provincar y provincara no se reducen a una sola letra.
Teidez esbozó una sonrisa maliciosa.
– ¿Es como la diferencia entre róseo y rósea?
Iselle se giró hacia él y levantó las cejas.
– ¿Oh? ¿Y cómo propones tú que se elimine al juez corrupto, niño privilegiado?
– Ya está bien, los dos -terció con firmeza la provincara, con toda la voz de una abuela.
Cazaril ocultó una sonrisa. Entre aquellas paredes, era ella la que gobernaba, no cabía duda, rigiéndose por un código más antiguo que el de Chalion. El suyo era un estado lo bastante pequeño.
La conversación derivó hacia asuntos menos polémicos cuando los criados trajeron pasteles, queso y un vino de Brajar. Cazaril esperaba que subrepticiamente, había comido hasta saciarse. Si no se contenía, y pronto, se empacharía. Pero el vino dorado de los postres estuvo a punto de hacerle saltar las lágrimas en la mesa; ése lo bebió sin aguar, aunque consiguió limitarse a un solo vaso.
