
Al término de la cena volvieron a ofrecerse oraciones, tras las que el tutor del róseo Teidez se lo llevó para estudiar. Iselle y Betriz fueron enviadas a ocuparse de sus labores de costura. Partieron al galope, seguidas a un paso más lánguido por de Ferrej.
– ¿De verdad podrán sentarse quietas para coser? -preguntó Cazaril a la provincara, mientras observaba la exhalación de faldas al vuelo.
– Cotillean y se ríen hasta levantarme dolor de cabeza, pero sí, son muy mañosas. -El desaprobatorio fruncimiento de los labios de la provincara no se correspondía con la calidez de sus ojos.
– Vuestra nieta es una jovencita encantadora.
– Cuando un hombre llega a cierta edad, Cazaril, todas las jovencitas empiezan a parecerle encantadoras. Es el primer síntoma de la senilidad.
– Cierto, mi señora. -Esbozó una discreta sonrisa.
– Ya ha acabado con la paciencia de dos institutrices y parece decidida a acabar con la de la tercera, a juzgar por el modo en que se queja de ella la mujer. Pero… -La provincara aminoró el áspero ritmo de sus palabras-, tiene que ser fuerte. Algún día, inevitablemente, será enviada lejos de mi lado. Ya no podré ayudarla… protegerla…
Una rósea joven, atractiva y lozana era un peón, no una jugadora, en la política de Chalion. Su precio de novia sería elevado, pero un matrimonio política y financieramente favorable no tenía por qué resultar adecuado en un sentido más íntimo. La viuda provincara había tenido suerte en su vida personal, pero en el transcurso de sus muchos años sin duda había tenido ocasión de observar el amplio espectro de destinos maritales que aguardaban a las mujeres de noble cuna. ¿Enviarían a Iselle a un lugar tan lejano como Darthaca? ¿La desposarían con algún primo de la royeza de Brajar, con la que la unían lazos tan próximos? No quisieran los dioses que fuera cedida a los roknari para sellar una paz temporal, que la exiliara al archipiélago.
