
Sin tocar nada, Cazaril se puso de pie y examinó el desvencijado molino por dentro y por fuera. Nada de bultos, ni capas ni pertenencias recogidas en un rincón. Uno o varios caballos habían estado atados al otro lado del camino, recientemente, a juzgar por la humedad de sus excrementos, pero ya se habían ido.
Cazaril exhaló un suspiro. Esto no le incumbía, pero era indigno abandonar a su suerte a un hombre muerto y desamparado, para que se pudriera sin cumplidos. Sólo los dioses sabían cuánto tiempo habría de pasar hasta que lo encontrara otra persona. Saltaba a la vista que se trataba de un hombre pudiente, no obstante… alguien debería estar buscándolo. No era de ésos que desaparecen sin dejar rastro y sin que nadie los eche de menos, como un vagabundo harapiento. Cazaril superó la tentación de regresar a la carretera y alejarse fingiendo no haber puesto los ojos encima del hombre.
Emprendió el descenso del sendero que partía de la base del molino. Al final del mismo debía de haber una granja, gente, algo. Pero no llevaba más de cinco minutos andando cuando se encontró con un hombre que tiraba de un burro cargado hasta arriba de leña y maleza, doblando la curva en su ascenso. El hombre se detuvo y le dedicó una mirada suspicaz.
– Buenos días nos dé la Dama de la Primavera, señor -saludó Cazaril, educadamente. ¿Qué daño podía hacerle llamar señor a un labriego? Había besado los pies pustulosos de hombres mucho más humildes, sometido a la abyecta y aterrorizada esclavitud de las galeras.
