– Pero -añadió él con una sonrisa-, resulta que yo prefiero a las mujeres con el pelo castaño y los ojos marrones.

– ¡No es cierto!

– Sí que lo es. Siempre las he preferido así. Y también me gustan delgadas y pálidas.

Miranda lo miró con suspicacia.

– ¿Y qué me dices de las caras alargadas?

– Bueno, debo admitir que nunca me había parado a pensar en eso, pero una cara alargada no me desagrada.

– Fiona Bennet dijo que tengo los labios gordos -añadió, en un tono casi desafiante.

Turner contuvo una sonrisa.

Ella soltó un gran suspiro.

– Nunca me había fijado en que tenía los labios gordos.

– No son tan gordos.

Ella le lanzó una mirada cautelosa.

– Lo dices para que me sienta mejor.

– Quiero que te sientas mejor, pero no lo digo por eso. Y la próxima vez que Fiona Bennet te diga que tienes los labios gordos, dile que se equivoca. Tienes los labios carnosos.

– ¿Qué diferencia hay? -Lo miró pacientemente, con los ojos oscuros muy serios.

Turner respiró hondo.

– Bueno -farfulló-. Los labios gordos no son atractivos, los labios carnosos sí.

– Ah. -Aquella explicación pareció satisfacerla-. Fiona tiene los labios delgados.

– Los labios carnosos son mucho mejor que los labios finos -dijo Turner, enfatizando las palabras. Aquella niña tan graciosa le caía bien y quería que se sintiera mejor.

– ¿Por qué?

Turner lanzó una disculpa silenciosa a los dioses de la etiqueta y el decoro antes de responder.

– Los labios carnosos son mejores para besar.

– Ah. -Miranda se sonrojó y luego sonrió-. Qué bien.

Turner se sintió absurdamente feliz consigo mismo.

– ¿Sabes qué pienso, señorita Miranda Cheever?

– ¿Qué?

– Pienso que sólo tienes que crecer y convertirte en una mujer. -En cuanto lo dijo, lo lamentó. Seguro que ella le preguntaría qué quería decir, y no tendría ni idea de cómo responderle.



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