Sin embargo, la preciosa niña ladeó la cabeza como si estuviera analizando aquellas palabras.

– Espero que tengas razón -dijo, al final-. Pero mira mis piernas.

Un repentino ataque de tos camufló la risa que ascendió por la garganta de Turner.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, es que son demasiado largas. Mamá siempre dice que me nacen de los hombros.

– Pues a mí me parece que te nacen de las caderas, como toca.

Miranda se rió.

– Lo decía metafóricamente.

Turner parpadeó. Aquella niña de diez años tenía un vocabulario muy amplio.

– Quiero decir -continuó-, que son demasiado largas en comparación con el resto del cuerpo. Creo que por eso me cuesta tanto aprender a bailar. Siempre tropiezo con los pies de Olivia.

– ¿Con los pies de Olivia?

– Practicamos juntas -le explicó Miranda-. Creo que si estuviera más proporcionada, no sería tan torpe. Así que supongo que tienes razón. Todavía tengo que crecer.

– Fantástico -dijo Turner, contento y satisfecho por haber conseguido, sin saber cómo, decir lo correcto-. Parece que ya hemos llegado.

Miranda miró la casa de piedra gris donde vivía. Estaba situada junto a uno de los muchos riachuelos que conectaban los lagos del distrito y tenías que atravesar un puente adoquinado para llegar a la puerta principal.

– Muchas gracias por acompañarme a casa, Turner. Te prometo que nunca más te llamaré Nigel.

– ¿Y me prometes que pellizcarás a Olivia si me llama Nigel?

Miranda se rió y se tapó la boca con la mano. Asintió.

Turner desmontó, se volvió hacia la niña y la ayudó a desmontar.

– ¿Sabes qué creo que deberías hacer, Miranda? -dijo, de repente.

– ¿Qué?

– Creo que deberías escribir un diario.

Ella parpadeó, sorprendida.

– ¿Por qué? ¿Quién iba a querer leerlo?

– Nadie, tonta. Será para ti. Y quizás algún día, cuando mueras, tus nietos lo leerán y sabrán cómo eras de joven.



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