Ella ladeó la cabeza.

– ¿Y si no tengo nietos?

Turner alargó la mano impulsivamente y le revolvió el pelo.

– Haces muchas preguntas, pequeña.

– Pero ¿y si no tengo nietos?

Jesús, era persistente.

– Quizá seas famosa -suspiró-. Y los chicos que estudien tu vida en la escuela querrán saber cómo eras.

Ella lo miró con incredulidad.

– Está bien, ¿quieres saber, de verdad, por qué creo que deberías escribir un diario?

Ella asintió.

– Porque algún día crecerás y tu belleza igualará la inteligencia que ya posees. Y entonces podrás leer el diario y ver lo estúpidas que son las niñas como Fiona Bennet. Y te reirás cuando recuerdes que tu madre decía que las piernas te nacían de los hombros. Y quizá me reserves una pequeña sonrisa cuando recuerdes la agradable conversación que hemos tenido hoy.

Miranda lo miró y se dijo que debía de ser uno de esos dioses griegos sobre los que su padre se pasaba el día leyendo.

– ¿Sabes qué pienso? -susurró-. Que Olivia tiene mucha suerte de que seas su hermano.

– Y yo creo que tiene mucha suerte de que seas su amiga.

A Miranda le temblaron los labios.

– Te reservaré una gran sonrisa, Turner -susurró.

Éste se inclinó y le dio un beso tan delicado como el que dedicaría a la dama más bonita de Londres.

– Eso espero, minina -sonrió y asintió antes de montar su caballo y coger las riendas de la yegua de Olivia.

Miranda lo miró hasta que desapareció por el horizonte, y luego siguió mirando diez minutos más.


Aquella noche, Miranda entró en el estudio de su padre. Él estaba concentrado en un texto, ajeno a que la cera de la vela le estaba manchando la mesa.

– Papá, ¿cuántas veces tengo que decirte que tienes que tener cuidado con las velas? -suspiró y colocó la vela en una palmatoria.

– ¿Qué? Vaya, no lo había visto.



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