La gente lo miraba.

La gente lo admiraba.

Pero nada, ni un segundo de su vida prominente y privilegiada, lo había preparado para ese momento. Y nunca había sentido el peso de las miradas ajenas como ahora, cuando dio un paso adelante y lanzó un puñado de tierra encima del ataúd de su mujer.

La gente no dejaba de decirle: «Lo siento» o «Lo sentimos».

Y, mientras tanto, Turner no podía evitar preguntarse si Dios se estaría burlando de él, porque lo único que podía pensar era: «Yo no».

Ah, Leticia. Tenía tanto que agradecerle.

A ver, ¿por dónde empezar? Estaba la pérdida de su reputación, claro. Sólo el diablo sabía las personas que estaban al corriente de que su mujer le había sido infiel.

En repetidas ocasiones.

También estaba la pérdida de su inocencia. Ahora le costaba recordarlo, pero un día había concedido el beneficio de la duda a la humanidad. Había creído que la gente era buena y que, si trataba a los demás con honor y respeto, le devolverían el mismo trato.

Y, por último, estaba la pérdida de su alma.

Porque, mientras retrocedía y entrelazaba las manos a la espalda con rigidez y escuchaba cómo el sacerdote unía el cuerpo de Leticia a la tierra, no podía ignorar el hecho de que había deseado esto. Deseaba deshacerse de ella.

Y no iba a… No la había llorado.

– Una lástima -susurró alguien a sus espaldas.

Turner apretó la mandíbula. No era una lástima. Era una farsa. Y ahora tendría que pasarse los próximos doce meses de luto por una mujer que había acudido a él embarazada de otro hombre. Lo había embrujado, lo había provocado hasta que sólo podía pensar en poseerla. Le había dicho que lo quería y había sonreído con inocencia y satisfacción cuando él le había declarado su devoción y le había prometido su alma.

Había sido su sueño.

Y después se había convertido en su pesadilla.



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