
Había otro rollo acerca del tal Breno en los cofres de abajo, viejos informes de Aulo Cornelio, el hombre que lo había combatido en primer lugar, así como del hijo pequeño de Aulo, Tito, escritos muchos años después. Describían a un hombre de gran estatura y cabello dorado, un chamán druídico de las nebulosas tierras del norte, sencillo en su vestimenta, pero de personalidad dominante. Había una sola cosa que realmente lo distinguía, un adorno que llevaba en el cuello, de oro, con forma de águila al vuelo. Por un momento la mente de Marcelo voló a aquella imagen que tanto había aterrorizado a su padre, que había servido para él como una especie de heraldo de la muerte. La idea de que estuviesen conectadas era demasiado extravagante: el dueño de aquella baratija estaba en Hispania, mientras que su padre estaba entonces cerca de Neápolis. De Breno decían que era un poderoso chamán, no que tuviese poder a tanta distancia.
Le dijo a un esclavo que enviara esos rollos al foro y, ya solo, pensó en visitar el altar de la familia para decir unas oraciones por el alma de su padre, lo que le recordó que tenía que encargar una máscara mortuoria para colocarla con todas las de sus otros antepasados. Pero se sentía solo; quería estar a gusto, así que antes de ir a rezar, Marcelo fue a visitar el cuarto del mejor regalo que le había hecho nunca su padre, la esclava Sosia, que se parecía tanto a Valeria Trebonia que podrían ser gemelas.
Y a diferencia de Valeria, Sosia era de su propiedad, por lo que podía hacer con ella lo que quisiera.
