– Lucio Falerio se consideraba a sí mismo el romano perfecto. ¡No le habría gustado oírte decir eso!

– Quizá no con estas palabras, pero la idea le habría complacido. Era mucho menos estirado de lo que parecía y descubrí que estaba extraordinariamente al margen de la salmodia que normalmente sufrís por parte de los senadores romanos. Creo que Lucio entendía su mundo y sabía qué quería preservar. Puede que fuera mezquino con los medios que empleaba, por necesidad, para conseguir sus fines, pero era inteligente. Desde luego lo que hizo en Sicilia fue de una sutileza positivamente alejandrina. ¡En absoluto romana!

– ¿Qué hubiera hecho un romano? -preguntó Claudia.

– Habría pasado por la espada a toda la isla o habría llenado las cunetas de crucifixiones, y después se habría vanagloriado como un pavo real, henchido de virtud a causa de sus actos.

– Dudo mucho de que mi difunto marido hubiera hecho eso.

De repente el griego parecía serio, en parte porque ella había aludido a la naturaleza de su difunto amo, pero más bien por el aspecto melancólico del rostro de Claudia. Para Cholón nunca había existido nadie como Aulo Cornelio, conquistador de Macedonia, el hombre que había humillado a los herederos de Alejandro el Grande, aunque nunca había perdido aquella cualidad de la modestia, algo que lo caracterizaba. Su esclavo griego no lo había amado por su destreza militar, sino por su naturaleza intrínseca. Sentado allí con Claudia, recordó cómo lo había herido ella y cómo él había soportado aquello año tras año, con un estoicismo que hacía de Aulo algo más que un dechado de virtudes. Él conocía la razón y tuvo que recobrar la compostura; cavilar demasiado sobre la vida y la muerte de su difunto amo solía provocarle abundantes lágrimas.



14 из 314