
– No, mi dama, él los habría liberado a todos y después habría retado al Senado para que lo degradara.
Quedaron en silencio durante un rato, cada uno con sus recuerdos del hombre que siempre había sido independiente, sin ser distante, pero que había rechazado prestar su apoyo a ninguna facción, si bien estaba preparado siempre que lo llamaban cuando Roma lo necesitaba. Fue Cholón quien habló al fin.
– Estoy a punto de cometer una escandalosa infracción de los buenos modales.
– ¿Tú?
Él pasó por alto la ironía, puesto que siempre andaba acusando a los romanos de ser unos bárbaros.
– No siempre es educado aludir a la situación personal de los amigos, a su carencia de placeres, al vacío de sus vidas.
Claudia quiso decirle que el poder de cambiar eso sólo lo tenía él, él, que había ayudado a su esposo, pero se había prometido no volver a hacerle la única pregunta que le importaba, la única que envenenaba sus sueños -dónde habían abandonado Cholón y Aulo a su hijo recién nacido la noche del festival de Lupercalia-, así que se mordió la lengua.
– Me pregunto por qué no te casas otra vez -Los ojos de Claudia se abrieron sorprendidos mientras él seguía hablando-. Ya está, ya lo he dicho. Llevo preguntándomelo un tiempo y ahora por fin ya lo he soltado.
– Estoy indignada.
– Por favor, perdóname, mi dama.
Claudia volvió a reír.
– ¿Qué hay que perdonar? Me alegra saber que te preocupas tanto por mi bienestar.
– ¿De verdad?
Ella sonrió al griego de una manera que hizo que fuera del todo creíble.
– De verdad.
– Es que pasas demasiado tiempo sola y, si me permites decirlo, demasiado tiempo en Roma. Hay lugares maravillosos en la costa de los alrededores de Neápolis…
Su voz se fue apagando; algo había dicho que había borrado la sonrisa del rostro de ella, aunque, fuera lo que fuese, no la había entristecido ni enfadado. No, fuera lo que fuese, la había puesto pensativa.
