No podía comprender el tamaño total de Roma ni la cantidad de gente, rica y pobre, que atestaba sus bulliciosas vías públicas. Allí estaba él, en la capital del Imperio, dispuesto a admitir que el lugar le asustaba más que la idea de enfrentarse a una horda de elefantes armados con catapultas; nunca había visto una, así que lo dejó en una horda de elefantes.

Aquellas gentes de la ciudad eran rudas, y respondían a las educadas preguntas de Áquila bien encogiendo los hombros, bien con desprecio mal disimulado, ansiosas por poder volver a sus quehaceres y sin tiempo para dar indicaciones a quien, por su acento, era un patán pueblerino y, por su aspecto, ni siquiera era un auténtico romano. Áquila vio más de lo que debería de la ciudad, vio que Roma estaba llena de templos, algunos consagrados a dioses de los que ni siquiera había oído hablar, mientras que toda la riqueza del lugar era tan increíble como su tamaño. Una multitud de carros luchaba por ganar su derecho de paso con quienes caminaban, y todos eran apartados por el paso ocasional de alguna litera, pues los bruscos sirvientes de algún individuo rico exigían que les abrieran camino.

El mercado estaba repleto de productos de todo tipo, al tiempo que, detrás de los puestos, abundaban las tiendecillas. Vendían objetos de plata y oro, de cuero y madera, y estatuas de hombres cuyos ceños parecían todos nobles. Áquila, con su altura, su llamativo cabello rojizo y dorado, que ahora le llegaba por debajo de los hombros, además de su peto maltratado y manchado de sudor, permanecía al margen de la embrutecida muchedumbre. Le lanzaron más de una mirada de sospecha, miradas que tendían a demorarse en el valioso amuleto que llevaba al cuello, y el contacto visual se rompía en cuanto él se giraba para encararse con aquellos mirones. Desconfiaban de un hombre que llevaba una lanza, además usada, por lo que parecía, con una espada al costado y un arco y un carcaj lleno de flechas colgados a la espalda.



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